China en África: ¿Desafío a la cooperación occidental?

12 septiembre 2011 | Autor:admin

Desde la apertura económica China en 1978, la política africana del país asiático  se suele presentar en términos desafiantes respecto a las potencias occidentales, ya que para 2008 China pasó a ser el segundo socio comercial de África “por delante de Francia, Italia, y Reino Unido”.[1] Las estimaciones del primer ministro chino, Wen Jiabao, suponían una inversión de 100.000 millones de dólares en 2010, pero ya para 2009, las inversiones rondaban los 106.800 millones.  La razón estriba en el aprovechamiento que ha hecho China de la crisis financiera mundial y la consecuente vulnerabilidad de los actores occidentales en sus antiguas colonias.

Sin embargo, las perspectivas históricas y causales que explican el vertiginoso avance de China en África en este siglo van más allá de la actual coyuntura del sistema de mercado. Se explican, inicialmente, a través de las milenarias redes comerciales trasatlánticas del Índico en las cuales África jugó un papel de primer orden al igual que el resto de sus socios. Otra referencia retrotrae las relaciones sino-africanas a la Dinastía Ming (1368-1644) a través de  los legados del almirante Zheng Hi en sus expediciones por  África Oriental (1417-1433). Lo que  deja en evidencia que  las relaciones entre ambos actores, aunque esporádicas,  no son una novedad.

Para el siglo XX y en el contexto de la Guerra Fría, los lineamientos de esta nueva etapa de la relación entre China y África se inspiran en el espíritu de solidaridad de Bandung (1955) y se fortalece en los años 60 cuando Pekín se pronunció a favor de la igualdad  entre chinos y africanos, el respeto a las soberanías, la no injerencia y la reciprocidad[2], ganándose la simpatía de los dirigentes africanos, sobre todo, de aquellos  cuestionados por las potencias occidentales. Además, China reivindica haber sido fuente de inspiración de algunos movimientos de liberación africanos y  de haber apoyado a otras iniciativas de carácter socialista así como en materia agrícola.

Medio siglo después, China convertida en la segunda potencia económica mundial (detrás de EEUU) celebra la primera edición del Foro China-África (FOCAC), en 2000, cuando  ambos socios se dieron como objetivos la “lucha común contra la hegemonía y la dominación occidental” y la “instauración de un nuevo orden mundial”[3], principios que fueron ratificados en el FOCAC 2006 cuando, bajo el slogan: “Amistad, Paz, Cooperación y Desarrollo” se obtuvo como resultado  la Declaración de Beijing[4], la cual definió  el nuevo paternariado estratégico entre las partes. Esta relación fue consolidada en el FOCAC 2009, realizado en Sharm el-Sheikh (Egipto), donde  asistieron los representantes de 49 estados africanos. Para darnos una idea de la magnitud de esta asociación en este último encuentro se acordó[5]: el desarrollo de un centenar de  proyectos de  renovación de energía y control del medio ambiente, la puesta en marcha de igual número de centros científicos y tecnológicos, la eliminación de aranceles y mayor acceso al mercado de los productos africanos, asistencia técnica en agricultura, dotación de equipo médico y sanitario en la lucha contra la malaria y cooperación en materia de educación e investigación.

La lógica de la cooperación china frente al modelo occidental

La presencia significativa de China en África a partir del 2000, con su pragmática y multiforme política de cooperación, ha suscitado importantes controversias[6], que se reflejan en construcciones discursivas y bibliográficas deterministas, las cuales califican mayormente dicha presencia como una acción neocolonizadora y eminentemente negativa para el Continente, o como una dimensión reivindicativa  de la Relación Sur-Sur, más allá de la lógica comercial y con una clara inversión en los aspectos políticos y de desarrollo humano.

Intentaremos explicar algunos fundamentos de la cooperación china frente a lo que ha sido, en la práctica, la lógica de la cooperación occidental, lo más objetivamente posible evitando caer en juicios de valores.

A la par de los importantes avances conseguidos por la cooperación china en África ─construcción de escuelas, hospitales, vías públicas,  viviendas, institutos tecnológicos, servicios médicos, centros deportivos, capacitación técnica y profesional, préstamos sin interés, condonación de deuda,  becas,  etc., ganándose  el interés de los africanos─, las principales críticas a la cooperación china recaen en  la poca o nula consideración a los principios democráticos y los Derechos Humanos, los cuales considera demasiados individualistas y occidentales[7], y  poco adaptados a los nuevos tiempos, según ha declarado reiteradamente el presidente Hu Jintao.

Esta situación se explica, en parte, por la separación estratégica que China establece en su cooperación entre la esfera política y la económica,  y por fundamentar su política exterior  en cinco principios básicos: la no injerencia en los asuntos internos, el respeto a la soberanía e integridad territorial, la no agresión, la igualdad, el beneficio mutuo (win-win) y la coexistencia pacífica.

China aboga claramente  por las soluciones políticas o las negociaciones para resolver los conflictos internos a los que están enfrentados los gobiernos africanos bajo la lupa internacional, en detrimento de las sanciones económicas y políticas que les imponen Occidente y las Naciones Unidas. De ahí, por ejemplo, su veto (junto a Rusia), a las sanciones del Consejo de Seguridad  contra Sudán. El gobierno chino manifestó, más tarde, una actitud positiva presionando al gobierno sudanés para que actúe  de conformidad con la legalidad internacional en el Darfur sin menoscabo de su relación diplomática y comercial en dicho Estado africano

Y es que al igual que los países africanos mantuvieron un silencio cómplice ante los acontecimientos de Tiananmen (1989), China se ha mostrado solidaria con algunos regímenes africanos criticados por los actores dominantes del sistema  internacional. Los casos más controvertidos son Zimbabue, RDC y Sudán, regímenes acusados de ejercer la represión  para con sus propios pueblos y que brevemente repasaremos a continuación.

El caso particular de la RDC pone de manifiesto los casos siguientes de violación de los derechos humanos por las empresas chinas en la provincia de Katanga: el uso directo y/o indirecto del trabajo de los niños y de las mujeres en condiciones infrahumanas, el nulo impacto social  en las comunidades alrededor de las minas (aldeas, municipios), o de transparencia en la gestión, la ausencia de contratos regulares de trabajo, el no respeto de condiciones de higiene en  los lugares de trabajo, la ausencia de seguridad social y de evaluación de impactos medioambientales de la explotación minera, aspectos denunciados por la ONG congoleña ACIDH, en su informe de 2010[8], tras investigaciones realizadas en las ciudades de Lubumbashi, Likasi, Kolwezi y Luisha.

De la RDC, China importa el 85% de cobalto. Como ejemplo,  “Feza Mining, una empresa de la China Wambao Resources Corporation y de algunos hombres de negocios congoleños, están tras  una planta metalúrgica que prevé una producción de mil toneladas de cobalto puro cada año[9]. La ayuda china se traduce en la construcción del Palacio del Pueblo y fuertes inversiones en sectores como las telecomunicaciones y la construcción, convirtiéndose en un fuerte competidor para los belgas.

En Zimbabue, se le recrimina al  dirigente,  Robert Mugabe, resucitar el discurso anticolonial  y racista de la década de los 70, de la época de la guerra de liberación, para rehacerse la legitimidad histórica, y sobre todo, la  represión de la oposición y de la minoría blanca,  manipulando el “populismo agrario” con fines electorales, para aferrarse al poder con el consiguiente caos económico generalizado por aniquilarse todos los avances sociales conseguidos décadas anteriores. Mientras el sistema internacional cuestiona e intenta sancionar los métodos de Mugabe, por considerarlos antidemocráticos y violatorios al individuo, China afianza sus relaciones comerciales a través de inversiones millonarias, a la vez que se  asegura casi la totalidad de las exportaciones de tabaco, nickel y algodón. Una diplomacia que le ha valido al dirigente africano la construcción, por parte de China, de un palacio presidencial valorado en 9 millones de dólares.[10]

Sudán constituye  25%  de las exportaciones petroleras chinas y al menos 7,5 % del total de importaciones chinas provienen de allí. El potencial descubrimiento de petróleo en el Darfur explica, en buena medida, el drama actual de esta región donde el gobierno arremete contra las poblaciones pertenecientes a las etnias negroafricanas por las milicias yanyawids interpuestas, y se sortea las sanciones internacionales y condicionalidades del sistema internacional gracias a las inversiones millonarias chinas. Actualmente,  la mayor empresa petrolera en el Darfur es la China Nacional Petroleum Corporation (CNPC).

Estos tres casos, con sus matices, evidencian las características cuestionables de la política africana de China basada en la apuesta total al liberalismo económico y la selección estratégica de las acciones políticas y jurídicas. Otras críticas a  las aproximadamente 900 empresas chinas que operan en África son: el no respeto a los derechos del individuo y las normas laborales tanto de los trabajadores chinos como de los africanos generando  manifestaciones populares, la venta de armas, la calidad de sus productos,  y el coste medioambiental de la presencia de sus extractivas en aras de mantener su vertiginoso proceso de industrialización.

En definitiva, China considera que el desarrollo económico  debe anteponerse a la democracia y los derechos humanos,  negando a Occidente la autoridad moral en estos aspectos  por haber construido históricamente  su modelo económico sobre la explotación de otros pueblos y sus propias poblaciones. Es decir, el rechazo de la democracia liberal y del debilitamiento del sector público a favor de  las fuerzas del mercado. Equipara la concepción occidental de derechos humanos y de democracia con las apariencias y las dictaduras disfrazadas de democracias.[11]

Una de las ventajas competitivas que tiene China frente el resto de las potencias occidentales que operan en África, es que el país asiático no tiene sobre su espalda la responsabilidad  del fracaso[12] de los planes  de cooperación al desarrollo occidental pese al compromiso y buenas intenciones detrás de algunos actores cooperantes. De acuerdo con Mbuyi Kabunda, parte de las razones que explican el fracaso de los programas de desarrollo aplicados en África tienen que ver con “la ausencia de un marco institucional adecuado, la falta de una dimensión panafricana y de voluntad política, y sobre todo por la exclusión de los pueblos en su concepción y ejecución. Lejos de conducir a los países africanos en el camino del desarrollo, estas iniciativas profundizaron la crisis económica”.[13]

Al contrario del “Consenso de Washington” que vincula  la cooperación con los países africanos a la adopción y aplicación de los PAE y que les da lecciones de buena gestión,  el “Consenso de Beijing” encuentra un claro éxito ante los dirigentes africanos, que lo consideran positivo pese a las reacciones negativas en países como Senegal, Zambia y Sudáfrica por la competencia desleal a los productos locales. La única condición que se impone a los socios africanos para tener acceso a la ayuda china, además del acceso a sus recursos naturales,  es el reconocimiento de la “China única”.

Y es que aunque la cooperación occidental ha cambiado de forma desde la Guerra Fría hasta la actualidad, ésta sigue dominada por la lógica que dictan los intereses económicos, comerciales, políticos y de seguridad de los donantes que ven en dicha ayuda un instrumento de sus respectivas políticas exteriores, y que desde hace más  de una década se expresan bajo  ciertos condicionantes como la promoción de la  democracia liberal y  los Derechos Humanos. Es lo que Francisco Peñas denomina “la tutela activa de los países occidentales sobre los estados africanos. Las comunidades de donantes, en solitario, o en compañía o tras bastidores de las organizaciones internacionales, no sólo retiran la ayuda a los estados donde se producen sistemáticas y escandalosas violaciones a los DDHH, sino que participan activamente en la reorganización de la vida política y económica de los estados africanos a imagen y semejanza de los países occidentales”.[14]

Según Christopher Alden, otro aspecto a considerar es que Occidente “ha fallado en llevar a cabo las promesas de desarrollo que el Continente necesita. Este fallo ha devenido en la apertura de una parte de África a una de las grandes historias de éxito de desarrollo económico: China”.[15]

Alternativas y consideraciones finales

China necesita satisfacerse de las materias primas africanas para mantener su proceso de industrialización, conquistar su mercado, ampliar su zona de influencia, ganar aliados políticos y resguardar sus intereses geoestratégicos como potencia emergente. Para ello, la apertura económica del país asiático desde 1978, cuando apostó por la globalización económica como mecanismo de desarrollo, vino de la mano con una ofensiva diplomática,  paulatina y pacífica, que rompe con la retórica de confrontación directa y apuesta, por los momentos, hacia la multipolaridad.

En este contexto, China convertida en una potencia económica y comercial, además de hacerse con un espacio entre las grandes potencias en la lucha contra las amenazas y desafíos de la agenda occidental, surge como abanderada de los países en vías de desarrollo a través de su pragmático proyecto de cooperación, contribuyendo así la reconfiguración de poder en el tablero internacional

Actualmente, la relación entre China y África escapa de la discusión determinista[16] sobre si es un actor explotador/neocolonizador (según el discurso de los representantes  de las propias potencias occidentales susceptibles al desplazamiento promovido por la presencia asiática e invisibilizando los agravios de su propia historia en el Continente) o un agente reivindicativo de la Relación Sur-Sur. La podemos definir, por lo pronto,  como  una asociación estratégica perfectible, de complementariedad, a largo plazo y con resultados importantes para las partes.

Ciertamente, se presenta a los africanos la oportunidad de elegir y negociar frente a la imposición que supone la lógica colonizadora de los actores occidentales en el Continente. China tiene la oportunidad de satisfacer su demanda de materias primas, a la vez que demuestra al mundo el éxito de su modelo de desarrollo cuya adaptabilidad o no es discutible por los costes que supone, sobre todo, en materia medioambiental.

Lo novedoso de la cooperación china en África es que además de ofrecer un modelo de desarrollo y financiación alternativo a los africanos, intenta concentrarse en los aspectos  descuidados por los donantes tradicionales y en los que los africanos tienen más sensibilidades y necesidades. A lo expuesto, tenemos que añadir la construcción de zonas económicas especiales (o zonas industriales)[17], que podrían  crear las bases de la  futura industrialización de África.

China dio otro paso importante al comprometerse en la cumbre entre los cancilleres de China y de 42 naciones africanas, en septiembre de 2010 en Nueva York, a seguir apoyando el desarrollo en África, además de fortalecer el entrenamiento del personal africano y la capacidad del Continente en las operaciones de mantenimiento de la paz. Asimismo, China dejó claro, en dicha cumbre, su intención de dar la máxima prioridad al “apoyo al proceso de integración africano y su respeto por las decisiones independientes tomadas por las naciones africanas sobre la manera de lograr la integración”. Es decir, todo lo contrario de la integración extrovertida impuesta por la Unión Europea, a través de los APEs, que asfixian cualquier posibilidad de los africanos de conseguir políticas nacionales de desarrollo y de lucha contra la pobreza, al convertirlos en mercados del Norte con la pérdida de sus derechos aduaneros.

Sin embargo, también es un hecho cierto que podría estarse reproduciendo un modelo que lejos de atender a las necesidades africanas fortalezca las economías rentistas y poco contribuya a la diversificación de las economías africanas. El desarrollo de esta relación dependerá, en buena medida, de los propios africanos.

En este contexto en el que la presencia China es una realidad para el Continente frente a la verticalidad occidental, corresponde el fortalecimiento de la sociedad civil africana en aras de que los resultados de esta asociación estratégica cristalice en mejoras sustanciales y perdurables para su gente, sobre todo, en los aspectos relativos a la capacitación, tecnología, infraestructura, salud y educación. Es decir, es la oportunidad de presionar para la construcción de un modelo popular e internamente orientado, cuya sumatoria le permita al Continente sacar tanto provecho como China de esta relación.             Por otra parte, es el momento para que la comunidad donante y su representación a través de las ONG revisen su acercamiento a África.

Para hacer frente a la ofensiva china en África, la cooperación europea debe, además de sus exigencias de democracia y derechos humanos ineludibles[18], poner fin a las incoherencias de su política de cooperación, que explican que los países ayudados no avanzan o salen de la pobreza: la cancelación publicitaria de las deudas y el mantenimiento de mecanismos que las generan; el aumento de la ayuda y la adopción  de reglas y prácticas asimétricas que aniquilan sus aspectos positivos (proteccionismo, subvenciones agrícolas, PAE y APEs)[19], que mantienen estos países en la pobreza y su desindustrialización; el cierre de las fronteras a la inmigración y la prioridad dada  a la “inmigración selectiva”, que vacían a estos países de su personal cualificado (médicos, ingenieros, informáticos). A ello es preciso añadir, en algunos casos, la rivalidad entre la cooperación pública y la cooperación privada, entre la ayuda bilateral y la ayuda multilateral. Lo que ha generado importantes desequilibrios pendientes de rectificar.

Bibliografía

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[1] Lafargue, F., La guerre mondiale du pétrole. Etats-Unis, Chine et Inde à la conquête de l´or noir, París, 2008, p. 76

[2] Harel, X., Afrique, pillage à huis clos, Fayard, París, 2006, p 229

[3]Spitaels, G., Chine-USA. La guerre aura-t-elle lieu ?, Éditions Luc Pire, Bruselas, 2007, p. 241

[4] La Declaración de la Cumbre de Beijing, 2006, define los lineamientos de la asociación china-africana los cuales tienen como objetivo teórico la búsqueda del desarrollo común.Véase también el documento oficial China 2004, que fundamenta la política exterior de China en los principios y objetivos siguientes: la multipolarización mundial, la promoción de la globalización económica desplegando sus puntos positivos y evitando sus puntos desfavorables (negativos), la diversidad del mundo, la democratización de las relaciones internacionales, la defensa de los intereses de los países en desarrollo y la diversificación de los modelos de desarrollo.

[5] Zhou, X., “Eight economic and trade initiatives to Africa declared by China al the Beijing Summit of China-Africa Cooperation Forum in 2007”, en Looking Back at 2009 International Economic Cooperation, China Intercontinental Press, 2009, p. 24.

[6] El investigador  Xulio Ríos explica que la presencia de China en África está generando controversia, ya que se teme que el pragmatismo sin sensibilidad social y ambiental pudiera extenderse  al continente africano. Ver Ríos, X. “China y su papel en África. Anuario CEIPAZ, nº 2, 2008‑2009, pp. 207-220 www.ceipaz.org/images/contenido/10.%20xulio%20rios.pdf

[7] Según Robert Kagan, para el gobierno chino, “la autocracia es mejor que la democracia y esencial para prevenir el caos y el colapso”. Por lo tanto, “los dirigentes chinos serán siempre reticentes a imponer sanciones a autócratas cuando ellos mismos siguen sujetos a sanciones por su comportamiento autocrático”. Cf. Ortega, A., “Impotencia mundial”, en Foreign Policy (edición española), FRIDE, Madrid, diciembre-enero de 2008, p. 3

[8] Cf. ACIDH (Action Contre l´Impunité pour les Droits de l´Homme), Les investissements privés et publics chinois dans le secteur minier au Katanga: bonne gouvernance et droits de l´homme, Lubumbashi, mayo de 2010.

[9] Rocha, J., “Un paso más en la explotación  de los recursos naturales en África: La irrupción de China”, en China  en África. La nueva frontera China, Casa Asia-Casa África, Barcelona, 2008,  p.165

[10] Tamames, R., El siglo de China: De  Mao a primera potencia mundial, Editorial Planeta, Barcelona,  2007, p 324

[11] Chambon, J-L., “L´énigme de l´économie socialiste de marché”, en La Chinamérique. Un couple contre-nature (dir: Jean-Louis Chambon), Eyrolles, París, 2010, p. 126.

[12] Aunque autores como Edgar Morin sostienen que lo expuesto se explica por el fracaso de los métodos de desarrollo traídos por Europa en África. Lo cierto es que  el colapso del desarrollo y del Estado en África también se explica por los factores históricos, externos y estructurales, tales como: la esclavitud, el colonialismo, el imperialismo, el neocolonialismo, la extroversión, la explotación económica y la globalización. Leer Morin, E., «Au cœur de la crise planétaire », en  Braudrillard, J. y  Morin, E., La violence du monde, IMA-Éditions du Félin, París, 2003 y Martin, G., Africa in World Politics. A Pan-African Perspective, AWP, Asmara, 2002.

[13]Kabunda, M., “La Unión Africana y el NEPAD. Apuestas para la integración externa y para la integración interna”, África-América Latina. Cuadernos n° 40-41, Sodepaz,  Madrid, primer semestre de 2006, p. 25.

[14] Peñas, F. J, “Diplomacia Humanitaria, protectorado y política de cañonera. África Subsahariana, Estatalidad, soberanía y tutela internacional”, en África en el Sistema Internacional (ed: Peñas, F.J), Catarata, Madrid, 2000, p. 74

[15] Entrevista al especialista  Chris Alden en http://www.intermonoxfam.org/es/page.asp?id=3503, consultado noviembre 2010

[16] De acuerdo con Massonnet sería demasiado pronto afirmar que la China está saqueando a su vez los recursos naturales africanos o que está contribuyendo a ayudar a los africanos a salir del subdesarrollo. Esto lo dirá el tiempo, al margen de consideraciones e interpretaciones actuales que van del cinismo hasta el optimismo. Massonnet, Ph., Pour en finir avec le miracle chinois, Éditions Philippe Picquier, Mas de Vert, 2008, p. 268.

[17] Estas zonas industriales (Zambia, Isla Mauricio, Dar es-Salaam y una prevista en África Occidental), con las que China quiere trasladar su modelo de crecimiento en el Continente, están concebidas en el marco de la integración horizontal del Continente, pues se prevé que estarán vinculadas por carreteras, ferrocarriles y vías marítimas, además de la rehabilitación de ferrocarriles de Tanzam (que vincula Zambia y Tanzania) y de Benguela (que vincula Angola con la región del copperbelt congolo-zambiana), para vincular la parte oriental y occidental del Continente y favorecer el comercio interafricano.  Cf. Leonard, M., Que pense la Chine?, Plon, París, 2008, pp. 164-165.

[18] Tampoco tiene mucho sentido pedir a China exigir el respeto de la democracia a los países africanos cuando ella misma, según puntualiza Sorman, está en manos de un gobierno, que “no es elegido” y de un Partido Comunista, “que se nombra a sí mismo”. Cf. Sorman, G., China. El imperio de las mentiras, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2007, p. 166. Como demuestra el caso africano, la democracia no es la condición para el desarrollo, sino uno de los instrumentos que crean las bases de la confianza en el desarrollo.

[19] Ello viene ilustrados por la decisión del G8 de cancelar 40 mil millones de dólares o la deuda total de los 18 países pobres altamente endeudados (PPTE), en Gleneagles, en julio de 2005. Estos países habían sido elegidos por haber aplicados fielmente los PAE. En realidad, esta cancelación se refería a la deuda multilateral (BM, FMI, BAD), dejando intacta la deuda bilateral y privada, la más importante. Es decir, se canceló  un monto que apenas representa el 10% de las necesidades financieras africanas. En cuanto a los APEs de la Unión Europea, además de crear una situación peor que el anterior sistema  de Lomé (al suprimir las ayudas preferenciales de las que se beneficiaban los países africanos (ACP) y al convertirlos en mercados de la UE), dividen a los países africanos con la creación de áreas de libre comercio que les impone una integración extrovertida. Cf. Tandom, Y., “Le XXIº siècle  sera un siècle de l´Afrique”, en 50 ans après, quelle indépendance pour l´Afrique? (dir: Makhhily Gassama), Philippe Rey, París, 2010, pp. 544-552).

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