La ola democratizadora en el mundo árabe

27 abril 2011 | Autor:admin

El mundo árabe está derribando su propio muro de Berlín del autoritarismo. Esta es la primera y más acuciante lectura de los acontecimientos que se están desarrollando en buena parte de la geografía árabe. Los regímenes autoritarios se tambalean por doquier. Todo parece indicar que, tarde o temprano, Gadafi correrá la misma suerte que Ben Ali en Túnez y Mubarak en Egipto. Mientras tanto las manifestaciones se suceden en Bahréin, Yemen, Argelia, Irak y Marruecos exigiendo cambios estructurales y, sobre todo, una mayor democratización y unas mayores libertades.

A pesar de que cada país tiene sus propias especificidades y su propia estructura de gobierno, lo cierto es que también comparten un buen número de similitudes, en particular su hartazgo ante unos gobernantes que se perpetúan desde la noche de los tiempos y que se han apoderado de los recursos del Estado. Para apuntalarse en el poder, estos regímenes no han dudado en extirpar de raíz toda disidencia política, ya fuera real o imaginaria, vulnerando de manera sistemática las libertades más elementales. Durante años, la lucha contra el radicalismo islámico les ha servido de coartada para silenciar las voces críticas con el plácet occidental. Sin embargo, las democracias de fachada apenas ocultan la realidad de un sistema autoritario que ha reforzado su aparato coercitivo para hacer frente a las crecientes demandas de apertura de la población.

Fotografía: ATFD

Las movilizaciones populares árabes han demostrado, además, que no hay nada en las sociedades musulmanas que les haga inmunes a la democracia, tal y como gustaban repetir los adalides del culturalismo y los defensores de la ‘excepción árabe’. Según su enfoque, Islam y democracia son irreconciliables. Los recientes acontecimientos parecen demostrar lo contrario, ya que han evidenciado la existencia de una sociedad civil árabe pujante capaz de movilizarse para plantear sus demandas. No hay nada en dichas sociedades que las haga incompatibles con la democracia, los derechos humanos, la justicia social o la gestión pacífica de los conflictos.

La sociedad civil y, en especial, la juventud laica han sido y son los protagonistas estelares de los ‘días de la ira’ árabes y no los movimientos islamistas que capitalizaron el descontento en las revueltas del pan de la década de los ochenta. La mitad de la población árabe está compuesta por jóvenes menores de veinticinco años. Se trata de la generación mejor formada de la historia reciente: jóvenes con estudios superiores o universitarios que no encuentran encaje en el engranaje administrativo estatal ni tampoco en la empresa privada. Si bien la tasa de paro es muy desigual, lo cierto es que se ceba de manera especial con este sector. Ante un horizonte vital limitado, los jóvenes han decidido tomar su propio destino en sus manos, perdiendo el miedo a los regímenes autoritarios y a su aparato represivo.

El derrocamiento de Ben Ali en Túnez creó un efecto dominó que se acentuó con la caída de Mubarak en Egipto. Si bien es cierto que la posibilidad de un contagio al resto del mundo árabe es la más plausible, también lo es que no todos los países se encuentran en la misma situación ni tienen por qué registrarse las mismas réplicas. Lo más seguro es que la mayor parte de ellos se vean obligados, muy a su pesar, a modificar sus pautas de comportamiento y a introducir un determinado número de medidas democratizadoras, bien por la presión directa de la calle, bien como medida preventiva, como ha hecho ya el rey Abdallah II de Jordania, quien ha disuelto el gobierno y convocado nuevas elecciones parlamentarias, en consonancia con las demandas de la oposición.

Las revoluciones árabes afectan por igual a regímenes republicanos y monárquicos. En un primer momento han caído Mubarak y Ben Ali, que habían asumido el poder respectivamente en 1981 y 1987. Gadafi, que dirigió el golpe de los Oficiales Libres libios en 1969, podría seguir la misma suerte, al igual que Saleh en Yemen, que gobierna desde 1978. Otro tanto ocurre en países como Argelia, donde los militares siguen controlando buena parte de los recursos del Estado bajo la presidencia de Buteflika, que ya fuera ministro de Asuntos Exteriores en 1963, o en Siria, donde los Asad gobiernan desde 1970. Igualmente, la Autoridad Palestina, fuertemente cuestionada por el fracaso del proceso de paz, es dirigida por una gerontocracia vinculada a la OLP desde 1968.

No puede descartarse que las monarquías árabes sigan una evolución similar, a pesar de que algunos de sus monarcas apenas llevan una década en el trono: Muhamad VI de Marruecos, Abdallah II de Jordania, Isa Bin Salman al-Khalifa de Bahréin y Abdallah de Arabia Saudí llegaron al poder respectivamente en 1999, 2000, 2002 y 2005. En los dos primeros países, el malestar de la población es evidente y la sociedad reclama mayoreslibertades, pero también ayudas económicas para hacer frente al encarecimiento del coste de la vida. Ambos cuentan con cierto pluralismo político y celebran habitualmente elecciones semicompetitivas, pero las monarquías disponen de amplísimas prerrogativas en los ámbitos legislativo, ejecutivo y judicial. Por eso las demandas se centran en la necesidad de limitar los poderes reales. Los casos de Bahréin y Arabia Saudí son más complejos, dado que también actúa el factor confesional y las demandas han sido dirigidas por la población chií, que padece una clara discriminación. Probablemente la mayor incógnita de esta ola democratizadora sea saber el calado de las reformas que se adoptarán en aquellos países que sean bañados por ella. ¿Qué pasos se darán en Túnez y Egipto en esta fase de transición? La formación de gobiernos de unidad nacional, la legalización de los partidos, la derogación de las leyes de emergencia, la liberación de los presos políticos, el retorno de los disidentes del exilio y la convocatoria de elecciones son pasos en la buena dirección, pero insuficientes. En este proceso constituyente, en el que deberían participar todas las fuerzas políticas sin exclusión alguna, deberían derogarse las actuales constituciones y reemplazarse por otras realmente constitucionalistas.

La comunidad internacional debería respaldar este proceso, aunque implique revisar algunas de sus políticas tradicionales hacia la región. El inicial silencio europeo ante la represión de las manifestaciones pacíficas ha sido esclarecedor y ha reforzado la imagen de una Unión Europea (UE) con un doble discurso que, por una parte, echa mano a la retórica de la democracia y los derechos humanos cuando le conviene y, por la otra, se alinea con las dictaduras que oprimen a sus pueblos con el pretexto de que sirven de muro de contención al radicalismo islámico. Dicha posición contradice los valores europeos, pero también el Tratado de Lisboa, que demanda que la acción exterior europea se base “en los principios que inspiraron su creación”, entre los que se cuenta la universalidad de los derechos humanos. El mundo árabe está derribando ahora su propio muro de Berlín y librando una singular batalla por la implantación de la democracia. Los países occidentales deben elegir en qué lado quieren estar. Por eso es especialmente importante que la UE respalde inequívocamente la nueva etapa que ahora se abre. La UE debería perder el miedo a los movimientos islamistas, que en estos últimos veinte años han recorrido un largo camino distanciándose de sus posiciones maximalistas para aceptar la pluralidad de las sociedades árabes y, en consecuencia, dialogar con ellos. La política exterior europea también debería tener especial cuidado en que se velase por el cumplimiento de la cláusula de derechos humanos en los tratados de asociación con los países mediterráneos firmados en el marco del Proceso Euro-Mediterráneo. De esta manera, debería ligar el reforzamiento de la relación bilateral y la concesión de un estatuto avanzado al riguroso cumplimiento de los derechos humanos y los valores democráticos.

* Profesor de Estudios Árabes e Islámicos, Universidad de Alicante

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